#8M: crónica de la marcha que cambiará la historia

El punto de encuentro era a las dos de la tarde en el Monumento a la Revolución. Cuando apenas era la una con 20 minutos, el Metro comenzó a detenerse en cada estación más de lo habitual. A la mitad del recorrido que va de Taxqueña hacia Revolución, los vagones comenzaron a llenarse de mujeres vestidas de negro y morado, portando pañuelos verdes y carteles con frases feministas increpando al patriarcado, a la violencia, al México feminicida; denunciando la indiferencia social y pidiendo la despenalización del aborto.

El pasado domingo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, miles de mujeres jóvenes, niñas, adultas, mayores o con alguna discapacidad, tomaron las calles y el centro histórico de la Ciudad de México para marchar contra las violencias machistas y las desigualdades de género que prevalecen en el país. Las autoridades contaron 80 mil, las organizaciones convocantes cerca de 200 mil.

Durante el trayecto también comenzarían las consignas, los cantos, la protesta: “Basta del patriarcado, de que nos digan lo que hay que hacer, aborto libre y gratuito para que decida la mujer”, “Si no hay aborto legal, el desmadre que se va armar”, “Si el Papa fuera mujer, el aborto sería legal”. Risas, aplausos, gritos, silbidos, todo iba subiendo de tono. En Hidalgo ya nadie pudo subir, ya nadie pudo bajar. El Metro se desbordaba, se pintaba de negro, verde, morado.

–¡Hasta Revolución compañeras!

–¡Siiiií! ¡Revolución, revolución, uuuh! Respondía un coro de mujeres apretujadas.

Raquel, una mujer de 55 años también cantaba: “Hay que abortar, hay que abortar este sistema patriarcal”. Venía con sus dos hijas y una nieta de 6 años. “Ya nos habíamos tardado pero por fin llegó el día. El que exige respeto, respeto da. Totalmente de acuerdo con la marcha, vengo con mis hijas y mi nieta, y a destrabar el tiempo. Nunca marché cuando era joven, simplemente vengo a apoyar el movimiento”.

Su hija Fernanda, de 19 años, quien estudia Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), dice que su objetivo es marchar por todas las que no están aquí. “No sólo es por nosotras, sino por las que ya no tienen voz y sobre todo por las futuras generaciones, necesitamos realmente cambiar este sistema”.

La otra joven, Matilde, cuenta que ella ya trabaja y que su movilización es porque ya basta de tantos abusos a la mujer por el simple hecho de ser mujeres. “Hay que levantarnos”, asegura con voz firme. Tiene 25 años.

Al bajar en la estación Revolución, los gritos suben de volumen, superan el altavoz de un trabajador del Metro que nos pide caminar por el pasillo sin empujarnos, en orden, con precaución. Somos muchas, nos formamos por inercia y avanzamos lentamente, cuerpo a cuerpo, sin pelear por más espacio, nos acuerpamos. Todavía no salimos y llega otro convoy con los primeros vagones repletos de mujeres, al vernos en el pasillo gritan en señal de saludo. Respondemos.

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El Metro repleto de mujeres listas para salir a marchar.

Son casi las 3 la tarde, los primeros contingentes han partido. Al llegar al Monumento a la Revolución nadie avanza y no podemos movernos mucho porque la cantidad de gente es tal que los extremos están tapados. Hay madres con hijos e hijas en brazos, algunos bebés en carriolas, grupos numerosos de mujeres muy jóvenes; adultas, personas mayores y también hombres.

Pronto nos enteramos que estamos en la retaguardia y que no avanzamos porque los primeros contingentes encabezados por madres de mujeres víctimas de violencia, se detuvieron a realizar un acto en la Antimonumenta, ubicada frente al Palacio de Bellas Artes, una escultura instalada ahí para no olvidar los feminicidios y la justicia pendiente para tantas.

— ¿Por qué marchan?, le pregunto a un grupo de hombres jóvenes. Uno de ellos acepta hablar, estudia Ciencia Política en la UNAM y está en un intercambio porque es originario de Brasil.

— Nosotros venimos aquí para demostrar nuestro apoyo a la causa.

— ¿Cuál debe ser el papel de los hombres en este momento histórico, no sólo en la marcha?

— Para mí es algo introspectivo, es algo de generaciones, quizá no se pueda cambiar un hombre de 60 años, pero creo que deberíamos enseñarles a nuestros hijos a ser mejores, que sí se cambia.

— ¿Te ha generado alguna reflexión todo este movimiento?

— Sí claro, nosotros venimos aquí y vi a varios hombres casi asustados. Este movimiento ha tenido un efecto en nuestras mentes. Un amigo me dijo que en la escuela se sentía asustado porque había un grupo grande de mujeres organizadas y no sabía qué hacer.

Ha pasado una hora, el sol no cede, tampoco la energía y las voces que piden justicia por tanta violencia hacia las mujeres: “Ni una más, ni una asesinada más”, “Mujer escucha esta es tu lucha”. El ambiente también es festivo, el colectivo feminista Pan y Rosas lleva tambores y muñecas gigantes, sus integrantes intercambian gritos con otras mujeres que las acusan de encubrir violadores, pero no pasa a más. Los tambores se escuchan más fuerte. “Se va caer, se va a caer, el patriarcado se va a caer”, se canta, se grita, se toca, algunas bailan.

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Mientras llegaban los primeros contingentes al Zócalo, otros no habían salido del Monumento a la Revolución.

Alicia, de 30 años, ama de casa, está junto a su esposo en uno de los contingentes mixtos. Dicen que marchan por primera vez. “Me mueve apoyar a mi género, nunca me ha pasado nada, ni a alguien cercano, pero somos mujeres nos debemos apoyar. A todas esas mujeres que han asesinado… que haya justicia, porque sí conozco esa impotencia cuando el gobierno no te hace justicia, y la impotencia mueve y te da fuerza”, comenta con voz entrecortada.

Su acompañante, Francisco, ingeniero retirado de 57 años, dice que vino para apoyar a su esposa porque es joven y que lo mueve la situación social que vivimos donde los jóvenes de hoy, están deshaciendo los estereotipos del hombre ante la mujer, pero para mal. “A la mujer la están tratando como si fuera un artículo, la utilizan y la dejan con hijos, no se hacen responsables”.

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Alicia y Francisco, marchan por primera vez por esta causa.

Detenidas también, un grupo de mujeres ciclistas espera que la retaguardia avance para llegar al Zócalo y colocar frente al Palacio Nacional, un cementerio con cruces rosas que representan los asesinatos violentos de muchas mujeres, los feminicidios impunes. “Vamos a llegar y colocar las cruces, a ver si así las ven”, explica una de ellas.

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“Queremos llegar a Palacio Nacional y colocar un cementerio por todos los feminicidios”: mujeres ciclistas.

Justo atrás de las mujeres ciclistas, dos chicas vestidas de negro también esperan que la marcha continúe. Están de luto, platican, ríen, portan una pancarta morada. Ellas vinieron también por primera vez a protestar por esta causa, estudiaron carreras universitarias y trabajan en un call center.

“Yo soy de Ecatepec que es de los municipios mas violentos… ver todo esto… experiencias de amigas, hasta personales que ni sabías que era violencia, que habíamos normalizado. Llegas al límite, te hartas y quieres alzar la voz, es hartazgo para una y para todas”, responde una de ellas. Tiene 22 años y estudió Psicología.

Su amiga también entra a la charla, tiene 23 años y estudió Gestión Cultural en el Claustro de Sor Juana. “Lo social es lo mío: la empatía y el no dejar solo a nadie”, afirma.

— ¿Qué pasó con su generación que está saliendo así a las calles?

Se detiene un poco pero luego responde convencida:

— Tal vez es el acceso a la información, el ir dándote cuenta que hay cosas que no son normales. Frente a la violencia extrema llega un punto en que investigas… Aparte ya lo podemos nombrar, es algo muy importante para visibilizar esta epidemia social. Ya sabemos porqué estamos luchando, nuestros objetivos, no nada más es sentirnos incómodas… ya no tenemos miedo. Igual rompimos con muchas tradiciones, con muchos lazos que antes limitaban mucho a las mujeres a expresarse, pues sí, a rebelarse contra el patriarcado, de los machos.

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Egresadas universitarias marchan por la violencia que aprendieron a nombrar, por ellas, por todas.

Por fin avanzamos un poco más rápido, hemos estado aguardando casi dos horas y media. Caminamos. A mi alrededor, las consignas que cimbran más fuerte provienen de las estudiantes de Derecho de la UNAM y de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Del coraje que emerge cuando piden que se acabe el acoso sexual en la universidad, pasan a la alegría. Cada que se acerca un hombre, piden que se vaya: “Fuera hombres”, gritan sin dudar, aunque están cercadas por un cordón.

Adelante van mujeres científicas. Son un pequeño grupo que levanta pancartas donde piden derribar estereotipos que relacionan la ciencia sólo con los hombres: “Por más mujeres en la Ciencia”. Son pocas, más silenciosas, pero también se suman al clamor que explica que esto “No es una fiesta, es una protesta”.

En otro grupo sin cordón, tomadas de la mano, Nayeli de 30 años, su mamá Flor de 58 y su hija Giselle de cuatro, brincan y cantan la retadora sentencia feminista: “El que no brinque es macho, el que no brinque es macho”.

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“Yo marchaba cada 8 de marzo, por la equidad de género, es la primera vez que vengo con ellas. Le explico a mi hija que en la escuela ella puede hacer lo que quiera y que el color rosa no es de niñas y el azul de niños, por eso venimos, por eso también traemos paliacates verdes, porque estamos a favor de que cada mujer decida si quiere ser mamá o no”, relata Nayeli, quien cría a su hija sin su padre.

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Tres generaciones: “Que cada mujer decida si quiere ser mamá o no”.

Cuando llegamos a la escultura del Caballito en la Glorieta de Reforma y Juárez, el aire se torna púrpura, verde, hay humo y mucha gente fuera de los contingentes. Un grupo de mujeres con el rostro cubierto realiza pintas sobre la emblemática obra de Sebastián. Enfrente, arriba de una fuente teñida de rojo, una mujer de negro ondea la bandera de México con una franja morada.

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Sobre Avenida Juárez, el ambiente se densifica, un grupo intenta derribar las barreras metálicas que protegen edificios como el Hotel Hilton. Cuando se escucha que algo cayó o los martillazos, las que marchan gritan, aplauden, festejan y corean: “fuimos todas, fuimos todas”.

El Hemiciclo a Juárez también está rodeado de vallas metálicas azules y mujeres policías portando cascos y escudos, entonces se vocifera más fuerte, se transforman los rostros pintados con cruces rosas y signos de mujer, se les espeta sin tregua: “Si fuera monumento así me cuidarías”, “Mujer policía, únete a la lucha”.

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Estamos cerca del Palacio de Bellas Artes, hay duda entre algunas madres con hijos en seguir o no. Algunas corren al Parque Alameda, otras ante detonaciones de algo, el fuego el humo, deciden no avanzar. Un grupo de bomberos mira la escena pero está a la espera de algo mayor para actuar. Alguien grita que sigamos, que no pasa nada, que no es verdad, que sí se puede pasar al Zócalo, que se puede entrar por 5 de mayo.

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Contingente LGBTTI: “Nos queremos libres y diversas”.

Avanzamos, pero los grupos se detienen otra vez frente al templete instalado en la Antimonumenta. Una adolescente, casi niña, comparte entre pausas, aplausos y lágrimas su testimonio sobre una violación. Es desgarrador, como los que vendrán después. Llevan rato subiendo, una tras otra cuenta lo que ha vivido y también señala el nombre y apellido de su agresor.

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La calle 5 de Mayo es por donde se puede llegar a la plancha del Zócalo. Vidrios rotos, pintas en paredes, en edificios históricos, en el piso, fotografías de abusadores decoran todo el trayecto. En un muro se lee: “Fátima te amamos”, “México Feminicida”, “Por mamá”.

Los últimos contingentes de la marcha siguen coreando, ahora con más euforia: “Porque no, que te dije que no, pendejo no, mi cuerpo es mío, yo decido, tengo autonomía, yo soy mía”, “Libre, libre de iglesia y del patrón, mi cuerpo es mío y solo mía la decisión”, “El Estado opresor es un macho violador”, “Mujer hermana si te pega no te ama”.

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Un par de mujeres con el rostro cubierto destruye los cristales de la fachada de un restaurante popular. Quienes marchan celebran, animan. Una estudiante de medicina del Politécnico Nacional, responde por qué hay que romperlo todo, como dice una manta. “Ya habíamos salido en son de paz, se han hecho manifestaciones, bailes, cadenas, peticiones, firmas, mesas y nada, no pasa nada, no cambia nada, estamos hartas”.

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La Plaza de la Constitución luce a la mitad de su capacidad, son las seis de la tarde y muchas se han ido, pero quienes llegaron con la vanguardia cuentan que estuvo llena. Al fondo, en el Palacio Nacional todavía hay un templete y suben las últimas organizaciones para leer un mensaje. La puerta del Palacio es resguardada por policías y como a cinco metros dos mujeres realizan pintas sobre los enormes muros.

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Los últimos contingentes llegando al Zócalo.

“Hoy hicimos historia compañeras, México no será el mismo, ya nadie nos callará, tenemos que seguir organizadas. Vámonos a casa pero mañana seguimos con paro o sin paro”, remata una activista desde el templete, antes de que desaparezca la tarde del día donde miles de mujeres de todas las edades, clases y profesiones desbordaron su indignación y terminaron de demostrar que existe una marea rebelde, una nueva ola, una generación que aprendió a nombrar con fuerza, sin miramientos, la desigualdad y abusos de género, el sexismo, la larga lista de violencias machistas, sus derechos y que no está dispuesta a seguir viviendo así.

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“Todo parece arder… voces, cuerpos, resistencias, ¿el machismo, el patriarcado al fin? la rabia, las puertas, los muros, el dolor, las heridas profundas, ancestrales, vigentes; la calle, adentro, la piel, la resignación, la indiferencia, la impotencia… pero también la esperanza, pero también la esperanza. Nunca pensé presenciar, vivir, sentir tanta consciencia, tantas mujeres llenas de fuerza, sin concesiones, repletas de rabia, sin miedo y diplomacias, arrojadas, solidarias, retadoras, valientes, transgresoras, hartas, abrazando, asumiendo el feminismo”, pienso, me digo, mientras me marcho a un lugar para hacer tiempo, calmarme y poder agarrar un Metro más desahogado que me regrese a casa.

Publicado previamente en Revista Consideraciones

Fotografías: Myrna Armenta Ruiz.

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