Covid 19: enfermar, respirar y recuperarte en casa

Ciudad de México, mayo de 2020.

Domingo 3 de mayo

Sigo desvelada por aquella fiesta virtual del viernes con mis amigos donde me dormí a las 5 de la mañana y sin tomar cerveza. ¡Vaya, ya me pega más el desvelo que el alcohol! Seguro es eso, ya no tengo 25 años. Me duelen los músculos, siento el cuerpo un poco cortado, adolorido, sólo quiero dormir. Mañana es lunes y habrá que asumir la rutina del confinamiento. Llevamos justo 40 días semiencerrados, siguiendo las medidas de la Jornada Nacional de Sana Distancia provocada por el coronavirus o Covid-19. Ya pesa.

Lunes 4 de mayo

No quiero levantarme… pero el desayuno, las tareas del kínder de la niña, el home office y las desgastantes, rutinarias y demandantes tareas domésticas hacen que me eleve de la cama sin pensar. Por la tarde me siento agripada, pero no tengo flujo nasal, moco, nada. Me duele un poco más que ayer. El tío nos avisa que por la noche partirán su pastel de cumpleaños. Voy, pero tengo la enorme prudencia de llevar cubrebocas. Raro, no sé, soy bastante relajada con eso, pero me lo puse y en un momento me fui a un sillón del rincón.

–Tranquila, seguro es un resfriado, porque hace días saliste a la farmacia y te agarró la lluvia, recuerda.

–Sí, yo le digo que se relaje, que ya no lea noticias de coronavirus, pero no hace caso.

–Sí, tal vez me dará gripa. ¡Felicidades! No te daré un abrazo… ya ves, sana distancia –le digo a mi cuñado, quien vive con su esposa e hija de 13 años al lado de nuestra casa–.

Ese día decidí dormir en el sillón de la sala. Sabía que me esperaba una noche larga, en vela, porque mis dolores de espalda me exigen un colchón decente, pero no lo dudé, sentí una enorme necesidad de aislarme.

Martes 5 de mayo

Algo no está bien. Siento ligeros escalofríos, el dolor muscular es cada vez más intenso. No estoy segura de que me haya dado fiebre en la madrugada, pero al amanecer me sentí sudada, mal. Todo el día extrañeza, molestia, caminé lento y me agité al subir las escaleras. Hoy, como acordamos, a la 13:30 horas me llamaron de una estación de radio por internet para una entrevista donde hablamos de nuestro disco grabado con “La Conjura”. ¡Vaya, debía estar cuerda y clara! Hice mi mejor esfuerzo, respondí, creo que coherentemente. Duró 15 minutos, y en algún momento sentí un escalofrío, pero mi voz al teléfono no lo reflejó, supongo.

Dormí fatal, terrible, apenas unas dos horas. A lo largo de la madrugada sentí cómo mi cuerpo se exaltaba al sentir una especie de toques eléctricos que me recordaron la anestesia lumbar de mi única cesárea.

¡Que ya amanezca, quiero llamar a Locatel o hacer el tamizaje en internet donde te dicen si eres un caso sospechoso de Covid-19! Me duele la espalda y el cuello espantosamente. En la noche mi temor creció como mis escalofríos y el dolor de articulaciones y músculos.

Miércoles 6 de mayo

Le pedí a Juan Carlos que hiciera el desayuno. Me metí a la página de internet donde realizas un test sobre síntomas de coronavirus. Fiebre, tos, dolor de garganta; dificultad para respirar: no; escalofríos, dolor muscular, de cabeza: sí. “Usted es un caso sospechoso leve. Permanezca en casa y siga las indicaciones. Mañana le llamará un especialista para dar seguimiento a sus síntomas. Guarde su número de folio”. Así lo hice. Sospechoso leve no me tranquilizó. Lo intenté también en Locatel, pero después de 30 minutos sin una respuesta del otro lado de la línea, decidí colgar. Le escribí a la pediatra de mi hija: “¿por favor, dígame qué les hace el coronavirus a las niñas de 4 años?” Me intentó serenar: “En México hay muy pocos casos que se compliquen a esa edad. Ellos pueden ser portadores asintomáticos. Usted debe aislarse y hacerse una prueba. La niña debe estar separada de todos modos”.

“Separarme”; “una prueba”. Corrí a buscar en Google cuándo inicia el conteo de los 14 días, cuánto tiempo incuba el virus, si los niños pueden contagiar aunque no tengan síntomas. Salí de la casa y desde el patio le comuniqué a la familia de mi cuñado que no deben dejar entrar a la niña, que me siento así y asá, les pregunté si estaban bien, les digo que deben limpiar con cloro, que no deben abrirnos la puerta. Nos aislamos. La niña llora, intento explicarle, pero recuerdo que no traigo cubrebocas… ¡las gotas de saliva! “Juan Carlos dile, cálmala, explícale que no podrá ir con sus tíos en 15 días por favor”. Quiero desaparecer, me siento contagiosa, apestada, a dónde me voy, en dónde me escondo.

–¡Lina, hija, no te me acerques!

–Pero mamá…

En la tarde me llamó un doctor y le conté mis síntomas. Me recetó Neomelubrina y Paracetamol. Me dijo que mientras respirara bien me quedara en casa y que no fuera a un hospital, que ahora todo podía ser coronavirus. Le dije que sí quería una prueba de Covid, me indicó que al otro día un médico y un enfermero vendrían a mi casa.

–Debes ir por un colchón, –le dije a Juan Carlos. Esa noche dormí en el cuarto de arriba–.

–Aquí me quedaré, ya no suban, ya no voy a bajar. Por favor cuida a la niña. –Antes de acostarme me dio fiebre de 38 grados. Era lo que me faltaba para estar más atemorizada–.

Jueves 7 de mayo

A las 9 de la mañana sonó mi celular, era un médico que me avisaba que venían a la casa para tomarme una prueba. En media hora estaban en la puerta. Eran dos, uno de ellos con sobrepeso. Me sentía enferma pero no dejé de preguntar mientras ellos se colocaban batas, cubrebocas, caretas, lentes especiales y guantes frente a nosotros: ¿Cuántos casos hay en Xochimilco? ¿En qué colonias hay más casos? ¿Cómo procesan las pruebas? Fueron amables y me respondieron. Me contaron que en la colonia La Cebada había muchos casos.

–Va a molestar un poco, por favor no cierre la boca, no se mueva, –me dijo el médico antes de insertar hasta el fondo de mi nariz un cotonete muy largo y otro en mi garganta–.

Se despidieron. Antes me explicaron que en tres días me llamarían de la Jurisdicción Sanitaria de Xochimilco para darme los resultados.

Nunca había sentido esto: toques, escalofríos, el cuerpo cortado, pero a la décima potencia. Me siento débil, muy débil. Qué tengo. Sí, seguro es coronavirus, qué otra cosa. Dónde, dónde me contagié, si sólo salía a las recauderías, a la carnicería, al Oxxo, al supermercado; si me lavaba las manos, usaba gel… no sé, quizá cuando fui a ver a César, mi doctor de la espalda, el sábado 25 de abril… no, pero… no, ¿el Uber?

¿Cómo fue? ¿Por qué a mí?

Viernes 8 de mayo

Hoy me sentí un poco mejor, creo que no es coronavirus, me dije. Bajé, recogí un poco la casa, barrí. Aproveché para contarles a mis amigos y hermanos en los grupos de WhatsApp lo que ha estado pasando. “Por favor no le digan a mi mamá porque se pondrá mal, es hipertensa, le basta y sobra con las noticias”, le pedí a mi familia.

Una vez que lo comuniqué, no sólo Juan Carlos me diagnosticó influenza, paludismo o cualquier otra cosa, pero menos coronavirus. “Es estrés, es tu mente, tu temor. No te sugestiones, seguro es porque estás agotada, el cuerpo duele por estar sin movimiento. Son síntomas de influenza, es una gripe muy fuerte. Cálmate, mañana estarás bien”. Decidí dejar de explicar. Es cansado, yo sé cómo me siento, yo sé cómo me enfermo de gripa o de infección en la garganta. Esto no se parece a nada que haya vivido, estos dolores nunca los había sentido, son intensos, constantes, abrumadores.

En la madrugada empeoré, tuve fiebre de casi 39 grados, volvieron los escalofríos, los toques recorriéndome, el sudor, el dolor invadiendo cada músculo, cada parte. La piel de la espalda me ardía. “Sí es coronavirus, sí es. Ya leí que la tos puede aparecer o no”, pensaba.

Me recuerdo murmurando, rezando: “Dios permíteme ver crecer a mi hija, que Juan Carlos no se enferme. Dios, por favor ayúdame, que mi niña no se contagie”.

Sábado 9 de mayo

Me despertó la luz potente del sol en mi cara. Llevo días con este horripilante sabor en la boca por tantos analgésicos. Creo que huelo a Paracetamol. No me pude levantar de inmediato. Cuando logré pararme, le alcancé a gritar a Juan Carlos desde la escalera que siguiera limpiando todo con agua y desinfectante: “¡Son cuatro cucharadas de cloro en un litro! ¡Limpia apagadores, la mesa, el baño… mis trastes sepáralos!” Él no respondió.

Sigo sin hambre, comiendo poco, muy poco. Desde el jueves el cuerpo no me da para más. Ya avisé en el trabajo, ya le dije a la miss que no entregaremos tareas hasta que esté bien. No puedo hacer nada, leer, ver películas, responder mensajes de inmediato. Revisar las redes sociales en el celular me agota rápidamente. Hoy acepté que sólo podré mirar el techo, respirar, aguantar, tomar agua, escuchar desde mi cama las conferencias diarias de López-Gatell y bajar al baño lentamente para no agitarme.

Domingo 10 de mayo

Esperaba que el domingo me llamaran para darme resultados de la prueba, pero no fue así. Durante el día le respondí a más de cinco personas cómo me sentía y les expliqué que no había nada nuevo. Dormí durante casi todo el día, sólo me levanté para desayunar y comer algo, poco. Quise tomar más paracetamol de lo indicado, pero no lo hice. En la noche me sentí fatal. Ardía en fiebre y la cabeza me punzaba sin tregua. Lloré y le dije a Juan Carlos que tal vez necesitaba irme al hospital. Pero respiraba bien, jalé aire dos o tres veces, tosí, me dolía el pecho, pero no me faltaba el aire.

Me calmé: “puedo respirar, respiro, respiro, estoy bien”. Pensé en los intubados, en los que luchan por vivir, en la muerte, en las cifras, en la definición de casos ambulatorios, graves y agudos, recordé que no tengo comorbilidades. Me quedé dormida, ya no me tomé el Flanax.

Lunes 11 de mayo

Atolondrada, perpleja, molida, así desperté y logré recordar mi sueño. Era como una especie de alebrije animal-mujer que saltaba con maestría de un árbol a otro porque me perseguían, querían matarme. La angustia era brutal como mi habilidad para saltar de un tronco enorme y frondoso a otro en un largo camino.

Martes 12 de mayo

Mi cuerpo se sacude, pero se mueve, respira, late. Siento la batalla adentro, en la sangre, en la piel, en los huesos. Soy calor, frío, sudor. Me imagino un millar de células combatiendo contra este feroz, invisible e implacable virus.

Hoy tampoco llamaron para darme resultados de la prueba.

Miércoles 13 de mayo

Le llamé al doctor que me atendió, le conté que seguía con síntomas, quiso recetarme antibióticos, pero le dije que no había nadie que me inyectara. Le pedí que rastreara qué había pasado con mi prueba. Fue amable y me dijo que me hablaría en cuanto supiera. En media hora me escribió que mis resultados estaban procesándose: “Hay un retraso en los laboratorios, le llamarán cuando estén. Disculpe, no depende de nosotros”.

Esperar, esperar, esperar el diagnóstico, esperar una ligera mejoría. Limpiar obsesivamente, sanitizar con Ajax, con cloro o jabón el lavabo, la tina del baño, por donde paso, todo lo que toco. Tomar la maldita pastilla de paracetamol cada ocho horas, no debo olvidarlo, no debo olvidarlo.

Jueves 14 de mayo

Hoy me sentí mejor, ya no tuve escalofríos en todo el día, el dolor en general cedió. Me animé a bañarme después de 3 días. La verdad, no me alcanzaba la energía. Sentí un alivio. Por la tarde leí la historia de una mujer que la enfermedad por coronavirus le duró más de 30 días ¡Cuánto nos falta saber sobre esto, no hay certezas ni reglas, ni patrones claros! Me inquieté y mi cabeza volvió a las preguntas torturantes que infaliblemente desencadenan ansiedad y preocupación: ¿Y si enfermara más de 14 días? ¿Y si empeoro y me voy al hospital? ¿Y si Juan Carlos se pone grave, quién cuidará a Lina? ¿Y si Lina se enferma de esa inflamación rara que apareció en Estados Unidos y Europa? Basta, basta.

Viernes 15 de mayo

Cada día me siento un poco mejor, sigo débil, caminando encorvada, sintiendo un ligero dolor desde las plantas de los pies hasta el cuero cabelludo, pero desde ayer ya no hay fiebre, músculos desechos, ni sacudidas, ni escalofríos. Hoy me di cuenta que tengo las manos hinchadas y que el pelo se me cae más de lo normal, a puños.

Acostada mirando la última luz de la tarde recordé las preguntas Jodorowskianas (si quieren de autoayuda) sobre la enfermedad. Pregúntate mejor: ¿qué me quiere decir mi cuerpo en este trance? ¿Qué puedo aprender de esta enfermedad que me obligó a parar? ¿Por qué el dolor de espalda, qué cargas, qué no sueltas? Cambia, cambia, cambia.

Sábado 16 de mayo

Si comienzo a contar desde el domingo 3 de mayo la aparición de los síntomas, hoy estaría cumpliendo 14 días de la enfermedad, pero prefiero contemplar desde el lunes 4 de mayo cuando fueron más evidentes, así que llevo 13 días convaleciente, tirada sin saber bien a bien qué tengo… o bueno, lo sé, lo intuyo, estoy casi segura.

Me siento cada día mejor, con un poco más de energía. Dejé el paracetamol desde el sábado por la mañana, tengo más hambre, ya quiero bajar, limpiar, lavar todas las sábanas, toallas y cobijas que existen en la casa, quizá ver una película o leer, revisar correos electrónicos, leer a los virulentos golpistas en Twitter o consultar los chismes de Facebook. No hice nada, me sentí mejor pero tampoco me alcanzó la energía.

Domingo 17 de mayo

Estaba desayunando. Como a las once de la mañana sonó el teléfono, era una doctora que también se llama Myrna.

–Hola qué tal, le llamamos para comentarle que su prueba no pudo procesarse, salió “indeterminada”, eso quiere decir que no es positiva ni negativa.

–Pero ¿cómo? ¿por qué? –pregunté desconsolada.

–Pues puede ser por muchos factores, pero si quiere podemos hacerle otra el día de hoy o mañana.

–¿Otra prueba? Mmm, pero ya me siento bien, ya no tengo síntomas, no sé… creo que ya no la quiero.

No comenté más, en otro momento me habría soltado con reclamos y enojado mucho, pero recordé todo el maltrato y estrés que vive el personal médico en esta pandemia, la saturación de laboratorios y hospitales, al enfermero con obesidad que no le quedaban los guantes. Alcancé a decir que lamentaba que, 10 días después, me llamaran para decirme que no había resultados.

–Gracias, gracias por llamarme cuando enfermé y estar al tanto, si mi pareja llegara a presentar más síntomas o agravarse, pues lleva tres días fatigado y con tos, le marcaré a su celular para pedirle ayuda. Gracias, hasta luego.

Quedaré en el limbo de las estadísticas. No sabré con seguridad si tuve Covid-19 o no, aunque de poco sirve ya tener resultados después de lo vivido y superado. Desde mi extraña espiritualidad o religiosidad, pido por todos los que están enfermos en casa y por los que están graves, atravesados por un tubo para seguir con aliento, con vida.

Ciudad de México, 2020.

Publicado previamente en Revista Consideraciones.

Blog de periodismo cultural, social, musical. Dolencias existenciales, historias, reflexiones, cavilaciones.

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