El cáncer de papá y la victoria que plasmó Siqueiros contra la enfermedad

Creí que se trataría de un encuentro normal. Llegaría con la duda pero con las emociones en orden. Fue muy fácil llegar al área de oncología aunque sólo conocía los auditorios del Centro Médico Siglo XXI. Entré al edificio después de una rápida fila donde toda la gente llevaba papeles en mano, su pase de entrada.

-¿Su carnet? me dijo la mujer que vigilaba.

-No tengo, vengo a encontrarme con mi papá, le harán un estudio en medicina nuclear. ¿Puedo pasar?

-Tampoco está en la lista… mmm, a ver pues pásese.

Le di las gracias, la vi tan atareada que ya no pregunté dónde quedaba lo que buscaba. Caminé hacia donde había más gente. Bajé en las primeras escaleras, algunos avanzaban deprisa y otros muy lento obligados por un bastón, una camilla o una silla de ruedas.

Había mucha gente. En la sala de espera para entrar a varios servicios pregunté por el área de estudios nucleares. “Me suena a bomba y catástrofe”, pensé, y luego me dije que soy una completa ignorante y que no estamos para bromas, ah.. nuclear de células, sí, al fin mis neuronas hicieron sinapsis y relacionaron nuclear-células-cáncer. Estoy buscando la zona donde exploran si existen o han regresado células malignas, anormales y descontroladas que generan tumores en el cuerpo, concluí.

Una mujer con un gorro que apenas cubría su cráneo y parte de un parche en una de sus orejas, me indicó donde estaba. En ese espacio aguardaban personas mayores, jóvenes, niños, adultos; circulaban enfermeras, médicos y familiares como yo, supongo. Decidí marcar y mi madre me respondió que estaban cerca de una cafetería, allá fui.

Vi a mi papá a unos veinte metros y sentí de golpe la dimensión de estar ahí, en un hospital. La certeza de que podría tratarse de algo grave y real se instaló en mi cuerpo involuntariamente, en mis ojos, que logré deshumedecer antes de llegar a saludarlo.

Platicando con ellos, en medio de gente que esperaba radiaciones, quimioterapias, análisis o diagnósticos, me pregunté con un poco de culpa, porqué no los había acompañado antes. Hace diez años le detectaron cáncer de próstata, en un breve tiempo lograron detenerlo, los siguientes años fueron citas de control, pero hace poco le dijeron que algo no anda bien y que necesitan realizar varios estudios porque podría regresar.

Mientras sorbíamos café y nos quejábamos del frío, mi papá soltó el periódico y nos comentó que ya no quería agua aunque debía beberse dos litros antes del examen que también había implicado una inyección intravenosa dos horas antes. Le pregunté en qué consistía el estudio, por qué el agua, la inyección, pero noté su resistencia habitual a las explicaciones y mejor cambié el tema.

-Está enorme este hospital, tiene muchas especialidades, solté.

-Sí, es de lo mejor que hay. Aquí hice mis prácticas cuando era estudiante de medicina, por ahí de mil novecientos setenta y tantos, hurgó en sus recuerdos con la mirada en el piso.

Qué poco sé de ti, qué poco nos has contado. Aunque no te gusten las explicaciones, las preguntas, las conversaciones largas, a veces, casi siempre nos hace tan bien hablar, narrarnos, recordarnos. Qué poco te hemos preguntado, pensé mientras iba al baño.

Cuando regresé, mi madre insistía en que mi papá seguro se había confundido en la hora exacta para regresar al laboratorio. Me mandó a preguntar. En el camino descubrí el mural de Siqueiros y me desvié. ¡Cómo no lo vi cuando ingresé, si está a un paso de la entrada y se nos impone del lado izquierdo!

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Tomada del sitio Centro Médico Nacional

Contemplé la enorme pintura, los colores opacos y llamativos, las formas y figuras humanas comunes en la obra de David Alfaro Siqueiros (1896–1974). Apología de la futura victoria de la ciencia médica contra el cáncer. Paralelismo histórico de la revolución científica y la revolución social se creó en 1958, siete años después de la inauguración de lo que hoy es un complejo hospitalario administrado desde siempre, por el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). El mural que fue heroicamente rescatado en el sismo de 1985, cuando parte de las instalaciones se derrumbaron, se relata en el documental Los murales heridos de Mercedes Sierra.

“La obra se divide en cuatro partes, que hacen referencia al desarrollo de la humanidad a lo largo del tiempo. En la primera se representa a la prehistoria, en ella una multitud se encuentra inerte ante la enfermedad; en la segunda se retrata la historia pasada, mostrando como los egipcios buscaban curar las enfermedades mediante artes esotéricas; la tercera es el presente, una mujer mexicana le agradece a los médicos por su lucha contra la enfermedad; la última representa el futuro e ilustra al cáncer como figuras monstruosas que escapan derrotadas ante el avance triunfal de la ciencia médica”, se lee en la ficha de la pieza artística.

Me quedé un rato más mirando a los dos monstruos: el cáncer y la injusticia social por el derecho a la salud, son atravesados y expulsados por una bomba de cobalto (una máquina de radioterapia) que entonces era el instrumento más moderno y utilizado en la batalla contra el cáncer.

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Foto: Creative Commons

Si Siqueiros viviera… ¿En qué año se habrá imaginado que llegaría la cura contra este mal que se lleva a más de 70 mil personas al año en nuestro país? ¿Más o menos en qué fecha calculó que todo el pueblo de México tendría asegurado su derecho a la salud? No pues… estamos en enero de 2018, hay muchos avances, pero no tenemos la cura o la prevención definitiva. De justicia en salud, querido Siqueiros, mejor no hablamos. Mi generación y las siguientes no entendemos muy bien a qué se refieren con seguros médicos, prestaciones, pensiones, cotizar en el IMSS o ISSSTE. Somos algo así como los derechohabientes de la precariedad.

Mi mamá me encontró, me dijo que ya había ido a preguntar, que ya era hora de que mi papá entrara a la prueba. No pude quedarme y esperar, también me enteré que los resultados tardarían un par de semanas. Se despidieron, me despedí, les dije algo así como que todo saldría bien… que me mantuvieran al tanto.

Antes de salir, en un pequeño pizarrón vi un catálogo de terapias alternativas para pacientes y familiares: risoterapia, cursos de tanatología, grupos de autoayuda y oración, sesiones de reiki y otras corrientes energéticas para el acompañamiento físico y emocional del padecimiento. “No lo vamos a necesitar, falta mucho”, me susurró mi voz interna, la positiva. Al lado estaba el mural, regresé a intentar fotografiarlo pero ya no tenía pila en el celular.

Quise guardar en mi memoria nada fotográfica esa imagen de los monstruos derrotados, expulsados para siempre del cuerpo y la sociedad, ¡cuerpos y sociedades sanas, libres de tumores mortales! pero me ganó la imagen de un doctor serio y cabizbajo mirando a una mujer desnuda en una plancha antes de entrar a su radiación. Entonces volvió la incertidumbre, ese dolorcito que viene cuando contemplas que las posibilidades para conservar la vida frente a la enfermedad, también se pueden pulverizar, como a veces, supongo, logran pulverizar los tumores, o como en el peor de los casos, éstos son capaces de hacerlo con nuestros cuerpos.

Ojalá algún día llegue la victoria médica y social que imaginó el idealista y súper optimista David Alfaro Siqueiros. Ojalá que a mi papá le logren enquistar, desaparecer o hacer polvo eso que se le adosó al cuerpo. Ojalá.

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Tomada del sitio del Departamento de Prensa y Difusión, Facultad de Estudios Superiores Cuautitlán.

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