El cine de mi infancia y la marginación cultural del México rural

Tenía como diez años supongo, porque a ratos llevaba de la mano a mi hermano de seis (a esa edad ya no les gusta mucho). Alcanzo a reconstruir la emoción, el olor a palomitas, las monedas de cinco y un peso que circulaban al inicio de los años noventa, la entrada a ese lugar oscuro que nos recibía con una enorme pantalla.

Por ahí de 1991 en el pueblo donde nací y crecí, había un cine. Cuando llegué a esta sociedad ya estaba ahí según mi madre. Fundado en 1980, el Cine Guerrero era el único en Pilcaya, un municipio ubicado al norte del estado cuya capital es Chilpancingo, dedicado principalmente a la agricultura y ganadería donde actualmente viven alrededor de 11 mil 558 habitantes.

“Fue una excelente época, viví muchos años de eso, era muy buen negocio”, me cuenta don Ricardo Sagal, pequeño empresario y fundador del cine, con su voz afectada por los años y una sonrisa discreta que suele aparecer cuando recordamos algo bueno.

Le platico que después de muchos años de pasar por ahí cada que visito a mi familia, recordé los días de las funciones, los carteles en las ventanas y el carro con bocinas anunciando los estrenos por las calles; le pregunto por qué cerró, qué películas eran las más taquilleras, cuánta gente asistía, por qué se convirtió en posada familiar.

No le reclamo por qué no tomaba en cuenta la clasificación que indicaba si los contenidos eran aptos o no para infantes y adolescentes. Intento imaginar sus razones o la ausencia de ellas. Mi trauma (y seguro el de mi hermano también) surgido tras ver una película donde un tipo colocaba en fila a una familia y luego los mutilaba con una sierra escandalosa y terrorífica no es el punto, pero qué horror, qué enorme inconsciencia, éramos unos niños y sí… ayer como hoy, no había una oferta cultural, muchos espectáculos o entretenimiento para la infancia y población del lugar.

El cine que proyectaba sin filtro alguno y a precios accesibles películas de Mario Almada, Lola la trailera, Cantinflas, El Chavo del Ocho, donde cerca de ciento cincuenta personas podían ver cintas nacionales e internacionales gore, de vaqueros, balazos, acción y terror, algunas infantiles (Mazinger Z, Chiquidrácula, Parchis), sobre romances idílicos e historias eróticas cercanas al porno suave, dejó de abrir en 1992.

“Cerramos cuando entró el uso de la videocasetera y además los trabajadores de los estudios Churubusco donde conseguía las películas, se fueron a huelga. Ahí se cayó todo. Otros amigos que también tenían cines en otros pueblos también quebraron”, relata quien desde hace años, tras el cierre del único cine que ha existido en el pueblo, atiende una tienda de abarrotes, el hotel familiar y un salón de fiestas.

Me despido tras ver el esfuerzo que ha implicado para don Ricardo la breve charla, antes me dice que debe tomar sus medicamentos porque tiene el mal de Parkinson. Me voy con algunas conjeturas: “Seguro el cine le gustaba a mucha gente y llegaron a ver alguna película buena, reflexiva, a pesar de las cintas de violencia extrema. Al menos había un cine, ahora no hay nada… el derecho al ocio se sigue reduciendo a fiestas patronales, pastorelas navideñas, peleas de gallos, toros y bailes con música de banda…todo bien con esto, pero pa´ cuándo habrá otra cosa”.

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Entrada actual de lo que fue el Cine Guerrero hoy es una Posada Familiar

Cavilo, recuerdo, camino sobre la calle principal, me detengo en la entrada donde estaba la biblioteca de mi infancia, la primera, aquella pequeña sala con sillas y mesas diminutas a donde acudía por alguna tarea y hojeé mis primeros libros. Me asomo, encuentro un salón vacío con propaganda del Partido Revolucionario Institucional. Pregunto dónde está un poco alarmada, me cuentan que este año la movieron a dos cuadras del centro, en el barrio de abajo (desde el periodo colonial sigue existiendo la referencia del barrio de arriba y el de abajo. Arriba se dice, vive la gente más blanca, mestiza, con mayores ingresos, abajo la población con ascendencia indígena, de piel más morena, con menores recursos). Me reconforta saber que existe y que de acuerdo a relatos de la gente y lo que encontré en internet en la red de bibliotecas, ahora tiene una sala de cómputo y más de lectura. No pude confirmarlo porque estaba cerrada.

Siempre que regreso al origen, al pueblo natal, a la familia, me pregunto qué hacen las nuevas generaciones, cómo se divierten y entretienen, qué ha cambiado. Me dicen que lo de siempre (ver tv, jugar en las canchas, ir a bailes, toros, fiestas religiosas) pero que ahora pasan horas en las redes sociales y que hay mucha droga y alcohol en edades más tempranas, ¿será? cuánto por investigar.

En casi todas las visitas no puedo evitar los recuerdos, la nostalgia, la sensación de que no ha pasado el tiempo frente a las mismas fachadas deslavadas y las calles semioscuras. Me lleno de dudas, de reclamos al gobierno intacto en su ineptitud, corrupción e indiferencia, a la sociedad, a los adultos, a nosotros, los que logramos salir, estudiar y no proponemos nada.

Si la democracia y democratización cultural[1] es un pendiente en las ciudades, qué sucede en los municipios y pueblos rurales del país. Dónde están las políticas, programas y proyectos culturales en esos lugares en donde la cultura no figura ni como una necesidad entre los habitantes, como un derecho a demandar (entendiendo aquí por cultura: los bienes y servicios que han de facilitarse al mayor número de gente; crear demanda cultural; ampliar el patrimonio artístico para su disfrute; construir programas que fomenten la participación y creación de la población de acuerdo a intereses y necesidades).

Pilcaya es sólo una muestra de lo que sucede en los municipios, “pueblos chicos, ranchos, pueblos quietos” del país, como muchas personas suelen referirse a ellos desde su desconocimiento y una extraña y absurda superioridad urbana.

Un indicador que nos demuestra la centralización de bienes y servicios culturales en zonas urbanas y la marginación de éstos en los pueblos, es la infraestructura cultural. La inequitativa distribución de espacios y equipamientos es evidente en la mayoría de los municipios.

En el documento en línea “Índice de infraestructura cultural” (2009) de Eliud Silva, se menciona que de los 2 mil 444 municipios del país, el 72.5 % de éstos, tiene entre 1 y 2 espacios culturales (librerías, museos, casas de cultura, bibliotecas, teatros, registrados en el SIC), hasta esa fecha se tenían registrados 12 mil 500 espacios culturales en todo México, si dividiéramos este número entre el total de municipios y delegaciones, en promedio cada uno tendría 5 espacios.

La realidad es otra, en una sola demarcación como la Cuauhtémoc de la CDMX existen más de 500, mientras que hay 177 municipios del país que no tienen ninguno y se ubican principalmente en Oaxaca y Guerrero. Ahí hay un pendiente histórico. Como lo indica el estudio, la propuesta del índice permite visualizar la situación asimétrica con el fin de que los gobiernos impulsen planes de desarrollo cultural en estas regiones.

Algunos datos sobre prácticas y hábitos culturales en el estado de Guerrero

Guerrero es uno de los estados más pobres del país, de acuerdo al último reporte del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el 65.2 % de su población vive en pobreza. Un factor que incide también en el acceso a la cultura y el arte. En la Encuesta de Prácticas y Hábitos Culturales (2010) en el apartado sobre este estado, se afirma que un elemento clave en los resultados de la muestra, fue que la marginación sociodemográfica es un factor que impacta, inhibe o potencia la práctica, hábito y/o valoración en los temas culturales abordados.

Resultados y hallazgos para impulsar acciones:

· Los guerrerenses tienen una gran valoración en cuanto a la asistencia a fiestas tradicionales calificándola con 8.73. En contraste aparece el teatro como el menos valorado con una calificación de 6.8

· El 36% de la población nunca ha ido a teatros y otro tanto a zonas arqueológicas, aunque éstas tienen un valor significativo para los habitantes. En contraparte a donde más se ha asistido, por lo menos una vez en la vida, es a fiestas tradicionales (96.9%) y a escuchar música en vivo (84.8%).

· Los espacios culturales que se perciben más lejanos (distancia) son las zonas arqueológicas con 57.9%, cines y teatros con 33.8% y 33.6% respectivamente, y museos con 30.7 por ciento. Los más cercanos son las fiestas tradicionales y las bibliotecas con 54.5 por ciento.

· Sólo el 25.1% de la población asiste al cine. La marginación es un factor que inhibe la visita. Los estratos de población con marginación media y baja (MB) asisten dos veces al mes, mientras que los de alta y muy alta marginación (AMA) casi 1.5.

· Casi la mitad de la población entrevistada (48.3%) manifestó no haber comprado ningún libro en el periodo de referencia. El 40% de la población dijo no haber leído ningún libro en el año.

· El rango de edad en el cual se compra un mayor número de libros es de 15 a 24 años (15.59%) seguido de 25 a 34 años y 35 a 44 años con 10.8 por ciento. El número de libros decrece conforme aumenta la edad de los entrevistados y crece conforme se elevan los niveles de escolaridad.

· La marginación es un factor que inhibe comprar libros. Dentro de la población que manifiesta no comprar libros, los estratos de marginación AMA representan casi el doble respecto a los de marginación MB (30.1 y 18.1%, respectivamente).

El análisis de la Encuesta realizado también por Eliud Silva y Ulises Vázquez insiste en que los datos deben servir para algo y consideran que hay muchas oportunidades para diseñar políticas culturales en el estado. De no tomarse en cuenta o quedarnos sólo en las promesas o slogans memorables del tipo: “Cultura para todos”, “Una orquesta en cada municipio” y otras más, la brecha cultural entre ciudades y pueblos seguirá creciendo y no sólo en este estado, claro, pero como hemos visto, el caso de Guerrero es muy significativo.

¿Algún día llegaré al lugar de origen y encontraré un cine con películas aptas para la infancia, un foro, teatro o centro comunitario con talleres de lectura, música, pintura? ¿Es imposible, habrá que resignarse? ¿No es más o menos igual de importante que otras necesidades? ¿Al no existir demanda, interés o públicos no debe empujarse nada? ¿Rural siempre significará marginación cultural artística? Me niego, me inconformo, me inquieta. Habrá que exigir pero también proponer.

[1] La Democracia cultural entiende la cultura como la práctica social construida en el diálogo y la convivencia social, en la que se promueve la participación de los ciudadanos como protagonistas de la creación de la cultura, partiendo de los intereses y necesidades de los mismos, donde son ellos los que deciden que es lo mejor y más conveniente. La Democratización cultural, entiende la cultura como un bien colectivo que ha de ponerse al alcance del mayor número posible de gente, crear demanda cultural entre la población, ofertar productos culturales, ampliar y optimizar el patrimonio artístico cultural de una determinada comunidad para su disfrute.(ASC Educadores UCLM)

Blog de periodismo cultural, social, musical. Dolencias existenciales, historias, reflexiones, cavilaciones.

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