El ejército en la calle, en carreteras, en tu vida

La camioneta rodaba a una velocidad normal, ya casi llegaríamos a Tulum, ahí por fin la piel desinflamaría y los malditos moscos invisibles me darían tregua. Pensaba en ello y en que mis vacaciones se empinaban al carajo, cuando de pronto, a unos diez metros, los vi.

Ahí estaban los hombres verdes con sus armas largas y cascos típicos del ejército mexicano. Uno de ellos nos hizo la señal del alto. Vino una ráfaga de pensamientos, el golpe de alerta en el cuerpo, el maldita sea mordido entre los labios, el miedo. ¿Qué traemos? todo bien verdad. Las chelas son pocas. Paola y los tres chicos prometieron no llevar nada de “café”, no arriesgarnos, no exponernos porque ya se sabía, todos nos lo advirtieron.

Levanté la vista antes de que dos militares se acercaran a las ventanillas del conductor y el copiloto. Ahí estaban, eran casi transparentes y delgadas pero se veían. Las sabanitas blancas con las que se forjan cigarros de marihuana y tabaco se asomaban en una de las viseras del auto. Ya valió.

-¿Qué hacen por acá? dijo uno de ellos, mientras metía su cabeza con una sonrisita y registraba nuestros rostros, los objetos, todo.

-Nada, venimos de Mahahual, vamos para Tulum, estamos de vacaciones.

-¡Bájense! dijo otra voz con un tono más imperativo y fuerte que ya no supe de dónde salió. Ahí comencé a rezar.

El 2008 llegaba a su fin, el gobierno de Felipe Calderón llevaba dos años y con ello más de 700 días de guerra contra el narcotráfico, estrategia, hoy sabemos más que fallida, que implicó sacar al ejército a la calle, de donde hasta ahora no se ha ido.

Para entonces, ya conocíamos historias sobre retenes militares que acababan en tragedia, testimonios de violaciones a derechos humanos: fabricación o equivocación de culpables, balas perdidas o encausadas que mataron a inocentes; tortura, desapariciones, mujeres abusadas sexualmente por soldados.

Nos sorprendíamos ante la explicación de las autoridades sobre las víctimas y la muerte de civiles que dejaba el supuesto combate al crimen organizado. Le llamaban “daños colaterales”, así de frío, así el eufemismo deshumanizado, un concepto más helado incluso que las cifras de homicidios que iban creciendo desde entonces.

Era época de fiesta y vacaciones, unas amigas me invitaron a celebrar el año nuevo en la ruta maya, cerca de Mahahual en Quintana Roo, en ese entonces virgen, como le llaman a las playas que no han sido invadidas por hoteles de lujo y lo que conlleva ese concepto de turismo.

Nos fuimos en un camión de buzos de la UNAM. Yo sólo acamparía frente al mar, las olas y el canto de aves exóticas. Todo sonaba genial aunque era un largo viaje. Para llegar pasamos muchos retenes de militares y policías federales. Una o dos veces, a media noche subieron algunos uniformados no sé de cuál corporación. Yo me hacía la dormida y confiaba en que en manada, no nos pasaría nada. Por la mañana, al fin arribamos no a Mahahual, sino a un lugar más exuberante, deshabitado, hermoso y salvaje.

Xahuayxol, un paraíso para los amantes del buceo ubicado a la mitad de Mahahual y Xcalak, nos recibió con su mar azul cristalino, con su sol potente, arena suave, blanca, con un séquito de moscos implacables y una pequeña cocina de madera vieja y humeada instalada a media playa donde era posible comprar café soluble y pescado frito.

Desde el primer día, supe que no lo lograría. Sentí el plomo del sol, demasiada aventura y virginidad, no había palapas, palmeras, sombra cerca del mar, pero eso no era lo peor, podía correr del mar a la tienda de campaña, podía con las largas horas frente a la nada, podía sobrevivir sin baño y regadera, pero no con esas invisibles y punzantes criaturas de la naturaleza que luego supe, se llamaban chaquistes, unos mosquitos que no sabes que existen, hasta que sientes su huella dolorosa en la piel.

La segunda o tercera mañana, mientras los buzos disfrutaban de su expedición a las profundidades del mar, el ardor, la comezón, el dolor, me hicieron considerar mi regreso. Ningún repelente, ropa, trapo, fuego, pudo evitar que casi el 100 por ciento de mi cuerpo tuviera horrendos piquetes rojos. Aquello no era por vanidad, era un ataque al bienestar mínimo. Nunca supe por qué los demás no tenían marcas en la piel, ni fueron atacados de igual modo.

En esas estaba, desesperada y mentando madres, cuando Paola llegó y me dijo que acababa de reencontrarse o conocer a unos chavos que viajarían ese día a Tulum. No lo pensé mucho. Vámonos, le dije.

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Xahuayxol, Quintana Roo.

Todavía no oscurecía, una vez afuera de la camioneta, unos cinco militares nos apartaron y rodearon mientras otros la revisaban y casi la desarmaban. Hice contacto visual con un militar bajito, moreno, de rostro áspero que tenía su arma casi apuntándonos. Fue un instante. Me topé con un muro. Quería decirle de algún modo que no era necesaria la intimidación, pero no salieron palabras. Callaba, respiraba y esperaba atemorizada.

–Somos estudiantes, estamos de vacaciones, vamos a Tulum, qué pasa jefe, dijo uno de nosotros.

-Venimos con maestros y estudiantes de la UNAM, pero decidimos irnos de ahí porque mire como traemos la piel.

Nadie nos respondía, el interrogatorio vendría después. Apenas veíamos lo que hacían en la camioneta, pero entraban y salían, abrían bolsas y maletas, no podíamos movernos ni mirar demasiado.

En el grupo, frente a los militares, uno de nosotros tiró una bolsa de plástico con marihuana, así, al pasto, sin titubear, sin hacer ruido, tragándose el nervio, la rabia, el temor, el aliento. Nadie, ni nosotros nos percatamos.

El líder, el comandante, el jefe por fin habló. –De quién es esto. Mostró las sábanas y un cigarro de marihuana. Un churro y unos papelitos fueron nuestro pase a la categoría de delincuentes organizados, criminales, narcotraficantes, así nos miraban, hablaban y trataban.

Nadie respondía hasta que Paola lo dijo: “Es mío”. De inmediato el jefe la apartó del resto. Caminaron y se quedaron a unos veinte metros pero era posible mirarlos. La noche llegaba, también la desesperación, la incertidumbre, la indignación. El miedo crecía.

Mientras el comandante hablaba con Paola y el grupo de militares continuaba en su importante misión de seguridad nacional buscando “la mercancía” y otros soldados “nos aseguraban”, el silencio comenzó a ser más incómodo que los tábanos, otra tipología de moscos del tamaño de una libélula que también saben hacer daño. Entonces reaccioné.

“Miren, estoy enferma, me siento débil, por eso dejé la playa, voy a un hospital en Tulum, ya por favor déjennos ir”, supliqué con una voz francamente fingida, desvalida y frágil, mientras les mostraba los piquetes rojos de mis brazos. Para mi sorpresa llamaron a un médico militar, que me tomó la presión y temperatura, me dio una pomada y me dijo que estaría bien.

Cada vez más noche. Paola no regresaba, recibía el sermón doble moralino, la amenaza, la intimidación, el regaño típico de un padre autoritario, un acosador sexual y un miserable torturador. “Cómo es posible que una niña tan bonita consuma drogas”, “Dónde están tus papás”, “Esto está muy mal” “¿Si sabes a lo que te arriesgas?”, recuerda que le decía, con un tono condescendiente y luego regañón, más tarde acosador e intimidante. En un momento le soltó: “Tienes suerte de que no te estemos violando por los dos lados”.

Cuando por fin regresó mi amiga escoltada por el líder, nos ordenaron subir. Nunca bajaron sus armas. Arriba, antes de que nos indicaran arrancar, un par de militares que no dejaban de mirarle las piernas a Paola, nos preguntaron a cada uno, de dónde éramos. Yo dije que vivía en el DF pero que había nacido en un pueblo llamado Pilcaya Guerrero. “Pura gente noble allá”, me dijo uno de ellos, con un tono propio de la costa chica del mismo estado.

Al fin nos fuimos. Lágrimas, mentadas, suspiros, tragos de saliva, gritos de ira reprimidos, silencios largos… luego nos percatamos del robo. Mi primera cámara de foto la disfrutó un elemento de nuestras honorables fuerzas armadas. Se llevaron un iPod, dinero, otra cámara, no recuerdo qué más. “Pinches güeyes, hijos de puta, malditos, cabrones, como se hacen pendejos, bien que saben de quien abusar, perros…” los insultos de todos en cascada no alcanzaban para desahogar la impotencia, el susto, el coraje, el mal rato.

¿Esa es la guerra que no nos toca, que no nos atraviesa, que está lejos de la vida cotidiana de los que no andamos en el mal? ¿Eso es lo que quieren legalizar con la Ley de Seguridad Interior que está a punto de aprobarse? ¿A quién sirve verdaderamente el ejército? ¿A quién ha beneficiado la intimidación ciudadana y la simulación de un combate al crimen? ¿Por qué seguir en las carreteras, en las calles, cuando ha sido un desastre con consecuencias terribles documentadas por especialistas y víctimas (200 mil muertos, 280 mil desplazados, cerca de 30 mil desaparecidos)?

No traeré todo lo que se ha dicho sobre esta ley, por fortuna se han viralizado muchos puntos críticos, hay mucho por consultar, reflexionar y actuar. Diré que lo que nos sucedió se queda corto con las experiencias narradas en trabajos periodísticos como el de Cadena de mando coordinado por Daniela Rea y el libro Saldos de Guerra: las víctimas civiles en la lucha contra el narco (2011) de Víctor Ronquillo, aunque hay otras investigaciones igual de relevantes.

El primer trabajo nos acerca a la visión de seis militares procesados por homicidio durante labores, es revelador escuchar cómo reciben órdenes y no tienen la opción de no obedecer aunque implique violar derechos humanos; cómo fueron lanzados a una guerra con poca o nula capacitación para ubicar realmente al enemigo, cómo reconocen disparar sin estar seguros de quién es el otro, cómo se trata de matar o morir, cómo las investigaciones jamás llegan a los altos mandos.

El libro de Víctor Ronquillo da voz a las víctimas que han sufrido las acciones del ejército en labores de seguridad pública. Nos narra desde la detención de Rosendo Radilla en los años 70, hasta la condena al Estado mexicano de la Corte Interamericana de Derechos Humanos ante desapariciones forzadas o la detención de los campesinos ecologistas Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera; también se acerca a la guerra que inició Calderón y que ha dejado alcaldes asesinados, desplazados, fosas clandestinas, desapariciones, asesinatos de periodistas, muerte, violencia, muerte y más muerte. En él hablan familiares, sobrevivientes, niños sicarios, activistas, defensores, autoridades.

Por todo lo vivido, leído, escuchado, conocido y analizado: #NoalaLeydeSeguridadInterior queremos #SeguridadsinGuerra #Noalamilitarización

Blog de periodismo cultural, social, musical. Dolencias existenciales, historias, reflexiones, cavilaciones.

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