Nosotros los precarios pero creativos o cuando los likes no dan para comer

Mi amiga quien aceptó un trabajo sin contrato, con pagos temporales sin fechas definidas. Cinco mil pesos al mes a cambio de reportear seis días a la semana, sin horarios establecidos, desde casa, desde cualquier lugar. Mi amiga quien está comprometida con luchas sociales y le entusiasmaba tanto ejercer el oficio del periodismo.

La de veces que me han invitado a tocar sin al menos avisarme en la conversación inicial que no contemplaban ningún pago, una respuesta forzada ante una pregunta legítima ¿o no?. Todas las veces que fui motivada por un entusiasmo ahora extinto. Todos esos medios de comunicación con publicidad e ingresos que no pagan colaboraciones pero pueden darte un espacio, un chance para tu trayectoria, currículum, para ir haciendo nombre… todas las veces que he sucumbido frente al panorama, frente “al eso es lo que hay, trabaja duro, algo saldrá, la retribución luego vendrá”.

Los foros culturales institucionales y espacios independientes que se sostienen de artistas que “necesitan exposición”, que “necesitan hacer público”, gestionados con o sin presupuesto, mismo que pudiera planearse, pelearse, exigirse, pero para qué elegir esa batalla, si siempre habrá elencos, gente, soñadores, becarios apasionados dispuestos a presentarse sin ninguna retribución en pesos, porque el pago es simbólico, de otro orden, no material, porque el amor al arte sigue sosteniendo proyectos académicos, periodísticos, culturales, artísticos.

Nada nuevo, nos creemos creativos y nos sabemos precarios, pero al leer una parte del ensayo El entusiasmo: precariedad y trabajo creativo en la era digital de Remedios Zafra (Anagrama, 2017), caemos a un abismo necesario que nos permite comprender lo que está pasando en un mundo capitalista de pantallas e hiperconectado, o tal vez no engañarnos tanto creyendo que nos realizamos haciendo lo que nos gusta, siendo fieles a nuestra vocación y elemento, aunque la precarización sea la norma, no nos paguen o nos paguen muy poco.

Siempre ha existido esa idea de que cualquier actividad artística no es un trabajo serio, formal, de verdad, lo que al final se traduce en creer que te lo pueden regalar, si no cómo nos explicamos que te pidan un texto, un concierto, un dibujo, una pintura, fotografías o videos sin contemplar una retribución monetaria.

Al respecto la escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital de la Universidad de Sevilla menciona en su ensayo que le valió el premio Anagrama: “En algún momento de nuestra historia hablar de dinero cuando uno escribe, pinta, compone una obra o crea se hizo de mal gusto. Como si la creación habitara esa dimensión donde el pago ya se presupone suficiente en el ejercicio creador; como temiendo (o alimentando el temor) que las palabras dinero o sueldo entren en conflicto con la inspiración, que algo ensuciara el mundo abstracto y limpio de la obra, aun cuando está hecha entre detritus y miseria”.

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Libro ganador del premio Anagrama de Ensayo, 2017.

Aun así, siendo conscientes de lo erróneo e injusto de estas ideas históricas en torno al arte y la cultura, muchos hemos aceptado dichas condiciones, diría Zafra, movidos por el entusiasmo de esa pasión creadora, “esa pasión que punza y arrastra y que nos motiva a anteponer el deseo frente al inmovilismo, el hacer frente al tener, una práctica creativa frente a, por ejemplo, un trabajo alienante, esa sensación que perturba «profundamente» frente a la que resigna o reconforta”.

El entusiasmo fingido o real, dice Remedios Zafra, conviene mucho al sistema capitalista actual, al mundo cultural contemporáneo que se teje también en las redes digitales de información. Este entusiasmo suele ser usado para aumentar la productividad del sujeto creador a cambio de pagos simbólicos (experiencia, visibilidad, reconocimiento, likes, seguidores) y también como argumento para legitimar su explotación.

“En el carácter precario de los trabajos disponibles radica la situación ventajosa de quien contrata hoy movido por la maximización racionalista de menor inversión y mayor beneficio”.

Difícilmente los aplausos, miles de seguidores y likes pagarán cuentas y comida, nos recuerda la escritora, y entonces se sucumbe a “lo que salga”, aplazando la vida y esa pasión (lo que nos mueve en la vida) a un futuro donde las condiciones sean mejores. “Como una minúscula herida tapada por la ropa, primero invisible, va lentamente creciendo la frustración”, nos suelta sin piedad.

Este contexto en donde tantos nos hemos emocionado al acceder de inmediato a plataformas que nos permiten compartir conocimiento y productos creativos (redes sociales, sitios, blogs, apps) donde todos tenemos algo que decir y hacer, no ha venido libre de explotación y desigualdad, según la mirada de esta analista.

La maquinaria productiva y vertiginosa del capitalismo actual se nutre así de este tipo de personas entusiastas, movidas por una pasión creadora, conectadas a una red digital bajo una lógica de inmediatez y producción sin límites muy definidos.

Casi al final del primer capítulo de su libro, describe a una generación entera que pronto se identificará con su atinado acercamiento a lo que sucede con la vida laboral de todos los que pretendemos vivir del arte, el periodismo, la cultura, la creación, la academia:

“Creo que estos procesos de toma de conciencia y frustración (este singular dolor que oscila entre sentir perder y recuperar la pasión por crear) describen a una generación de personas conectadas que navegan en este inicio de siglo entre la precariedad laboral y una pasión que les punza (por sentirla, por haberla sentido, por estar perdiéndola)”.

¿Cuál sería la senda para no renunciar y ver agonizar nuestro entusiasmo junto con la posibilidad de crear y ser remunerados dignamente? ¿Cómo cambiar o revertir la precariedad que va relacionada a este tipo de trabajos en la era digital?

En una entrevista para el sitio El Salto, la autora señala que su intención fue pensar el problema para contribuir a romper el lazo de la normalización, pero también implica reflexionar sobre nuevas formas de conformación de valor en un mundo en red. Reconoce que el sistema cultural se vale hoy de una multitud de personas creativas desarticuladas políticamente y que esto desde luego no ayuda.

Aunque su libro no llega a propuestas concretas para transformar esta realidad, menciona que “quienes se animen a leerlo podrán transitar por vías especulativas relacionadas con la alianza, la imaginación y la mutación como vías lo suficientemente amplias para imaginar fórmulas más concretas y contextualizadas”.

¡Pues qué bomba de realidad! Habrá que desengañarnos e imaginar cómo superar el individualismo y la dinámica competitiva para modificar la estrecha, laberíntica, a veces cruel, frustrante y punzante relación entre precariedad y creatividad.

Aquí pueden leer el primer capítulo

El libro puede adquirirse en sus librerías conocidas.

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