Llevo un poco más de la mitad de mis días fuera de ahí, veintiún años viviendo en otro sitio, pero siempre vuelvo. Ahí residen mis padres, ahí nací y estudié hasta la preparatoria. Es la infancia, la raíz, el origen, las primeras memorias e identidad.

Cuando estudiaba la secundaria, los niños del poblado limítrofe se burlaban porque era de un pueblo más pequeño y además, pertenecía a una entidad más jodida que el Estado de México. “Eres de Guerrero, ahí todos son indios, malos y pobres”, soltaban con esa crueldad de pubertad que emulaba los prejuicios y el racismo de los adultos.

Ahí debió germinar la vergüenza por mi lugar de nacimiento y el titubeo al responder cuando alguien preguntaba de dónde era, sentimientos que durarían hasta la universidad, aunque también en esa esfera, no faltaron las miradas y comentarios condescendientes propios de la superioridad citadina tatuada en algunos chilangos.

Pilcaya es un municipio de Guerrero donde actualmente viven cerca de 13 mil habitantes; se ubica al norte del estado, lejos de la costa y la sierra, muy cerca de Ixtapan de la Sal y Tonatico, los pueblos turísticos del Estado de México socorridos por sus balnearios y climas templados. Al sur, a dos horas, está Taxco de Alarcón.

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La entrada al poblado ubicado al norte del estado de Guerrero.

“En el colgadero”, “Lugar que está colgado”, eso significa Pilcaya, explicaban los maestros cada conmemoración de la muerte o el nacimiento de Vicente Guerrero, héroe de nuestra independencia. Del náhuatl “Pilcac”, que significa estar colgado y “yan” que es la partícula locativa. Hasta el siglo XVIII se llamó así: Pilcac-yan, luego el nombre se latinizaría, según fuentes históricas.

Rodeado de cerros verdes, ríos y tierras fértiles para sembrar chile, frijol, jitomate o calabaza, es básicamente una zona rural y campesina que ha sobrevivido al abandono histórico del campo. La gente vive de cultivar o comercializar ganado, también de los dólares que envían muchos migrantes desde Estados Unidos.

Dividido a la mitad en dos grandes barrios: “el de arriba y el de abajo”, básicamente nadie se guía por el nombre de las calles. Yo nunca supe la mía, donde crecí, tampoco la vereda donde está la nueva casa de mis padres. Es el barrio de arriba o el de abajo, el punto de ubicación lo da la plaza principal y la antigua iglesia, construida a partir de 1529 y concluida en 1610, bajo la dirección de frailes franciscanos que llegaron a evangelizar con la colonización española.

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El templo construido a partir de 1529 hasta 1610 por la orden de los franciscanos que llegaron a evangelizar.

Esta incisión territorial también viene del periodo colonial, pues la historia dice que el pueblo se partió en dos, cuando los indígenas matlazincas fueron obligados a participar en la edificación del templo católico. Más tarde, finalmente colonizados, fundarían otra congregación en el barrio de abajo, conocido hoy como el Barrio de San Miguel, donde hay otra iglesia dedicada a venerar a este arcángel.

Durante esta época, una cerca de cactus marcaba el límite y quien pasaba de un barrio a otro era castigado por el cacique de cada lugar. La división era tal, que al concluirse la construcción de la iglesia central, hubo necesidad de crear dos entradas para acomodar en distintos lados a cada grupo. Las dos grandes puertas de estilo barroco aún se conservan.

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La plaza principal de Pilcaya Guerrero.

No encontré el dato sobre cuándo desapareció el muro de cactus, quizá hace dos siglos, pero esa separación, esa herida y rivalidad persisten hasta hoy. Crecí escuchando que en el barrio de abajo vivían los indios, los más morenos, los más pobres y que quienes habitaban “el de arriba”, eran los más ricos, los más claros de piel, los dueños de las tierras; donde debían vivir los profesionistas, el presidente municipal, la gente más civilizada, la menos fea, los güeros. Las burlas, las “bromas” racistas y clasistas, las peleas y discusiones entre mis compañeros sobre quiénes eran los más cabrones, las recuerdo desde la primaria.

Desde que mi padre eligió vivir en la tierra de mi familia materna para ser uno de los pocos médicos del pueblo, ocupamos una casa justo en el centro, otra en el barrio de abajo, para finalmente habitar una propia en el de arriba.

La fachadas y calles no han cambiado mucho desde mis recuerdos. Siguen las paredes deslavadas donde se leen frases y nombres de candidatos del PRI (ahora también del PAN). Sigue el silencio y calma de la tarde, el aire limpio, el calor intenso de medio día, el pan y el pozole baratísimos, deleitosos; la fe religiosa, el alcoholismo en las esquinas, el machismo, la pobreza en una parte de la población, la ausencia de actividades recreativas, artísticas y culturales para la juventud, más bien para toda la población, aunque ahora está el celular y abundan las antenas de cablevisión. ¡Cómo me aburrí en la adolescencia!

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Pero en “el pueblo quieto donde no pasaba nada” la vida comunitaria y seguridad no son las mismas. La violencia, aunque no figura en el mapa de las zonas más conflictivas de Guerrero, llegó con sus valores torcidos, su corrupción y espiral de descomposición social.

Desde hace años, los retenes militares en la carretera son más continuos; han ocurrido asesinatos de autoridades, una balacera al edificio del Ayuntamiento y secuestros entre la población; hay cobro de piso, halcones, complicidades y nadie niega el control territorial de criminales bien organizados.

“Nada de campamentos en los cerros como antes, nada de llegar en la madrugada, nada de resistirse si te bajan de la camioneta”, son los consejos familiares que escuchamos y repetimos entre nosotros. A mí más que miedo me da tristeza e impotencia y eso también se mezcla con una especie de culpa por haberme ido y no regresar para hacer algo, no sé… un proyecto comunitario para la niñez, con los jóvenes. “Mucho análisis y poca acción”, me digo cada vez que vuelvo, porque siempre vuelvo.

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